8 de mayo de 2017

¡Mi reino por unos tacones!

No recuerdo qué quería ser de mayor en mi infancia, pero sí sé lo que me habría gustado ser: más alta. Y será por eso que, desde mi más tierna adolescencia, me calcé unos tacones y pocas veces me he bajado de ellos. Pero no por coquetería , sino por pura necesidad...

Les comento.

Estoy mal hecha, soy un producto tremendamente defectuoso. Tengo la cabeza grande, el cuello corto, me sobresale de forma extraña el esternón en el escote, no tengo cintura definida, tengo un culo enorme y unas piernas cortas y regordetas, sobre todo de la rodilla al tobillo. Por supuesto, no tengo unos finos y delicados tobillos, eso que es un dato tan femenino en una mujer: tengo tobillos. Punto. Y mis pies han ido creciendo (inexplicablemente), pues he pasado de usar un 36 a mi actual 39. También mi nariz ha ido creciendo con el tiempo. Es decir, soy un pequeño monstruo andante. Y para colmo, soy un tapón. Y por si eso no fuese suficiente, estoy absolutamente reñida con la fotogenia desde la tierna edad de 8 años. Hasta esa edad yo era una niña bastante normal e incluso guapita, pero fue cumplir 8 años y se jodió el invento.

En lo relativo a la vestimenta no tengo reparo en confesar que soy una hortera total. Mis combinaciones de colores, tejidos y complementos son únicas e inigualables. Si ustedes pudieran ver fotos de mi adolescencia se pasarían un buen rato descojonados de la risa, a la par que sentirían mucha pena por ese ser extraño que sale en las fotos; no podrán ustedes verlas porque han sido convenientemente destruidas... Tampoco ahora soy un ejemplo de elegancia pero soy algo más discreta aunque, inevitablemente, de vez en cuando me sale el ramalazo hortera y vuelvo a mis mezclas imposibles. Y tan contenta, oiga, y visto lo visto de lo que sale en algunas de las más prestigiosas pasarelas de moda, podría decirse que he sido una visionaria.

Pero no les voy a engañar a ustedes, soy una hortera y lo cierto es que me encanta serlo. Aunque muchas blogueras de "supuestas tendencias" me están empezando a coger demasiada ventaja y empiezo a preocuparme. Pero aun siendo un pequeño horror con patas (y tacones) me ha ido bastante bien en la vida. Por ejemplo, y por centrarnos en el capitulo sentimental, pocos hombres me han gustado de verdad en la vida, pero puedo decir y digo, con orgullo y satisfacción, que conseguí rendirlos a mis regordetas piernas y mis toscos tobillos. Y es que está claro que he nacido con el gen del mal gusto para vestir, pero los hombres de mi vida siempre han sido guapos tirando a muy guapos. Y el caso es que ese detalle ha llegado a ser un inconveniente ya que, ignoro la razón, los hombres de mi vida han sido muy guapos pero poco conversadores. Y de ahí sera que, siendo como era casi muda de pequeña, al mismo tiempo que me subí a los tacones comencé a hablar sin parar y esa faceta tampoco me ha favorecido demasiado.

Se acusa a las mujeres guapas de ser vanas y superficiales, más preocupadas de su maquillaje y peinado que de entablar una buena conversación. Y si bien no tiene que ser cierto ni equivalente, desde mi personal experiencia puedo decir que ser espectadora de las cuitas y preparativos de un hombre para decidir qué se pone para salir a cenar es algo realmente interesante. Esa escena recurrente de las películas de un hombre aburrido y hastiado esperando a que su pareja femenina acabe de decidirse y arreglarse la he sentido yo en mis carnes, pero si para un hombre puede resultar tedioso, para una mujer es tan entretenido como desconcertante. Porque el vestuario femenino sí puede admitir múltiples combinaciones: vestidos, blusas con falda, blusas con pantalones, camisetas con pantalones, amén de complementos adecuados: pendientes, collares, cinturón, y capítulo aparte los zapatos, por supuesto. Y no hablemos de tema peinado.

Es decir, puede ser menos culpable el tiempo que se invierte porque hay más campo donde elegir y decidir y más trabajo de chapa y pintura, y eso lleva su tiempo. Yo, la verdad, no tengo esos problemas. El ser una hortera reconocida facilita mucho las cosas ya que, salvo ocasiones especiales y trascendentes, pillo lo primero del armario que no esté demasiado arrugado, los inevitables tacones y ya estoy divina. Se me olvidaba comentarles que soy miope y no es la primera vez que me pongo la ropa al revés o los zapatos desparejados. Del mismo color pero diferente par. Y ni me he enterado hasta volver a casa. Antes era un error, ahora se llama "tendencia".

Pero en un hombre el vestuario es sota, caballo y rey: pantalones, camisa o camiseta, chaqueta o blazer. Y, de momento, no tienen que dedicar tiempo a maquillaje, rímmel y/o alisado de melena. Por eso, cuando mi pareja tardaba (mucho) más tiempo en acicalarse que yo misma pues se me ocurría decir:

- ¿Para qué te arreglas tanto, si cuando volvamos a casa te lo voy a quitar todo a bocaos?
- Niña, con lo dulce que pareces y resulta que eres un camionero.

Es que se me olvidaba mencionar que tengo voz fina y aguda, lo que se denomina vulgarmente "voz de pito", cosa que los hombres, ¡ a saber por qué!, identifican con "dulzura de carácter" en una mujer. Nada más lejos de la realidad. O al menos en mi caso, que soy tan "dulce" como una alambrada de espinos. En mi defensa puedo decir que soy bastante divertida. Y sí, hablo mucho. Los discursos de siete horas que daba Fidel Castro en sus buenos tiempos no es nada comparado con mi verborrea habitual. Y hablo de todo, no hay tema donde no meta baza, con razón o sin ella. Al fin y al cabo, ¿qué nos distingue a los humanos de resto de los animales? Pues la facultad de hablar y reír. Y por eso será que la gente no se fija demasiado en si llevo los zapatos desparejados, debe de ser que aturdo a la gente con mi interminable conversación y exuberante personalidad.

El caso es que sí, me habría gustado ser más alta. ¡Benditos tacones!, no arreglan gran cosa pero disimulan bastante el ser paticorta. Por tanto, en estos tiempos en que todo el mundo se queja por recortes de medicamentos, no hagan ni caso a tanto quejica. Los tacones son mi medicina imprescindible y fundamental y ya saben ustedes a cómo está el precio de los zapatos ¡y sin receta médica ni subvenciones!

Toda una vida gastando una fortuna en zapatos de altos tacones, esa soy yo.

27 de febrero de 2017

Nostalgia, again...

Imagen: IMDB.
En serio lo digo, que el hecho de ir al cine cada vez me está resultando más deprimente y no por lo eso de lo que todo el mundo se queja, que es el precio, y sí porque tengo la impresión de que las supuestas "novedades cinematográficas" son una auténtica estafa.
Esta película en concreto, si bien no se puede negar que está bien hecha pero se queda en mediocre, es totalmente incomprensible que tenga el éxito que está teniendo; y eso va a ser porque el respetable público o no tiene memoria o con tanto emoticono del "wassap" se nos ha reblandecido el cerebro y ya nos vale cualquier cosa.

No sé si ustedes se han fijado, pero los "éxitos" de cartelera de estos últimos años parecen sacados de cualquier década de atrás y muy atrás, y va a ser, quizás, porque el ser humano del siglo XXI, por una parte, está de lo más contento y satisfecho con sus smartphones de última generación y todo tipo de cacharritos de entretenimiento multidigital pero, por otra, ya está muy acojonado con tanto avance tecnológico y busca urgente refugio mental en series y películas que ya tenía algo olvidadas y, además, catalogadas como antiguas y hasta anticuadas. Y, sin embargo y por eso mismo, esta película que hace 20 años causaría risa y mofa y se iría de cabeza a la parrilla de la sobremesa televisiva sin ni siquiera pasar por las pantallas de cine, ahora es engrandecida y loada como si fuera lo nunca visto. Y hagan sus apuestas, señores y señoras, pero la mía es que ya no dentro de 20 años: ni siquiera el año que viene, casi nadie recordará esta película como una de sus favoritas. Y si me apuran, ni la recordará.

Pero, claro, esta es mi personal opinión.

Nos dicen, nos cuentan, que el argumento va de los sueños y de cómo lograrlos y, sin duda, de eso hay pero no en la trama de la película; más bien lo que aquí se cumple, en abundancia y con no pocos y efectistas recursos técnicos, son los sueños del director, un aún muy joven Damien Chazelle que, sin duda, se pasó su infancia y adolescencia viendo películas de Fred Astaire y Ginger Rogers, que adora al gran tipo que era Gene Kelly y que en algún momento se enamoró de la gran Rita Moreno. Y que también debe de ser un gran admirador de la faceta musical de Woody Allen. Y que no sabe o no le interesa saber que Casablanca fue un tormento de rodaje donde nadie sabía cuáles iban a ser sus frases hasta poco menos de media hora antes de rodar las escenas, porque nadie sabía cómo acabar ya "la maldita película". Y que tampoco sabe que Esplendor en la hierba es imposible de copiar sin caer en el más terrible de los ridículos.

Con todo ello y, sin duda, debido a esos sus recuerdos de una niñez cinéfila, Damien se ha montado esta historia-refrito de muchas cosas y cositas que a todos nos suenan, y será por eso que ha sabido llegar al corazoncito nostálgico del gran público al que, de una manera u otra, quizás le afecte la ilusión placentera de salir más joven del cine recordando aquellas antiguas películas de canciones y bailes sincopados sin que la trama importara demasiado, o el mero optimismo que da esto de ver bailar y cantar a un montón de gente y, cómo no, lo de las alegrías y sinsabores de una parejita ilusionada con sus cosas de parejita ilusionada. Eso lo tiene, sin duda, y lo que es aún mejor, ha conquistado los despachos de los jefes del negocio este del cine que, al fin y al cabo, es lo que importa en este negocio. Como en todos. Porque, no lo olvidemos, el cine es un negocio. Y en este caso, Damien sí parece que tenía muy claro lo que quería hacer, que era, sobre todo, un bonito e ilusorio espectáculo visual y, en esa faceta, lo ha conseguido; pero el resto es más que dudoso.

Sí, vivimos en la época en la que es más importante parecer que ser: posar, parecer, contar algo en imágenes tan agradables antes de que nadie se dé cuenta que todo es falso, solo fachada y, como producto de esta su época, esta película parece buena pero no lo es. En absoluto. Aquí el problema ya es que ni Ryan Gosling ni Emma Stone, siendo ambos buenos y solventes actores, no son, ni mucho menos, cantantes ni bailarines. Y ni se les ha dicho ni exigido que se esforzaran demasiado, y se nota, vaya si se nota. Y al presentar "un musical" con protagonistas que no cantan ni bailan lo suficiente para hacer meritorio eso de "un musical", va a ser que ya no vamos bien.

Entonces te dicen que no, que en realidad no es un "musical" al uso sino más bien una película con música y bailes. Pues me da igual, qué más dará arroz con guisantes que guisantes con arroz; esto no será un "musical" al uso pero es un musical que resulta que no lo es. Por lo tanto, ¿qué es? Pues una película falsa, no es nada, solo una historia romanticona como miles de otras que ya hay cada tarde de sábado en la televisión, a la que se le han metido bailes y canciones para disimular que es decepcionantemente mediocre.

No hay que ser un erudito del cine para ver, aquí y allá, "reflejos" (o ligeros espejismos) de escenas de clásicos musicales pero a un nivel mucho más amateur, como si se vendiera (y me temo que de eso se trata) como un pequeño "homenaje" a esas películas clásicas que SÍ emocionaron a generaciones de espectadores (y aún lo hacen, lo bueno es eterno); pero que no son más eso, pequeños guiños para hacerse, sin mucho esfuerzo, con esa nostalgia del espectador y metérselo en el bolsillo antes de que se dé cuenta de que es una (muy) mala copia de otras grandes escenas... Sí, señoras y señores, estamos ya tan acostumbrados a comprar en los mercadillos copias infames de las grandes marcas y a ir por la calle tan contentos con bolsos y gafas de Catalina Herrena, Chanpel y Pior como si fueran los originales, que cualquier cosa que suene o aparente similitud con algo bueno, aunque sea una copia infame, nos parece no solo aceptable sino admirable.

La sorpresa que servidora se llevó cuando esta mediocre copia-refrito de alguno de los clásicos títulos del cine arrasó en los Globos de Oro fue la misma que siento cuando la gente compra bolsos de mercadillo de marcas falsas por un mero sentimiento narcisista de "porque yo lo valgo y me da igual que sea falso": un profundo estupor con un no poco disimulado malestar. Sí, de eso va esta peliculilla, del "porque yo lo valgo", de la complacencia narcisista de esta época que nos acompaña, de los selfies y los multilikes en Instagram, de la mera autosatisfacción por encima de todo, de ser finalista de un reality show como meta sublime, de la fama del yo lo valgo, ahora y para siempre, y si el resto del mundo está equivocado o no entiende nada es porque son ignorantes y, porque yo lo valgo, te lo hago saber. O ambas cosas y todo a la vez.

Por tanto, no es la historia de la ambición por el propio talento, que eso siempre es de admirar, sino la ambición de y por la propia vanidad. Y vanidad y talento pueden ser coincidentes o no, pero la sola obsesión por la propia vanidad sin talento suficiente va a ser que no, no es lo mismo.

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